lunes, agosto 30

Un día en el hogar de las niñas

El Hogar es otro de los proyectos de la ONG. Cuando entras, si llevas en la cabeza la idea que siempre nos han ofrecido las películas de los orfanatos, el choque no puede ser mas grande. Encaja mas con la idea de una residencia de señoritas, pero en vez de universitarias con pósters de cantantes famosos y futbolistas, aquí habitan niñas de 3 a 12 años con pósters de La Sirenita, Blancanieves o La Bella Durmiente de Disney. Todo impecablemente limpio y ordenado. Con un colorido que refleja alegría y luz. Los dormitorios, con sus dos o tres camitas, sus nombres en las puertas, sus armarios de ropita multicolor, parecen sacados de una revista de decoración.

Al frente de esta casa de acogida esta Amparo, la hermana Amparito como la llaman cariñosamente las propias niñas. Una vasca de Irún que vino hace 30 años a Colombia y ya no se fue. Reparte cariño y disciplina por igual, no escatima un beso o un abrazo pero tampoco un castigo cuando la niña se lo merece. Su cara, seria al principio, te hace pensar en una especie de señorita Rotenmeyer dedicada a impartir disciplina, pero en cuanto pasa cerca de uno de los 3 bebes enseguida le cambia
el gesto y la dulzura le puede. Cuando le habla a las niñas siempre emplea un tono serio pero afable, y a ella se las nota que la quieren y la respetan como a la madre que no tienen.

La acompaña y ayuda, Sula, otra hermana, de aquí, de Colombia. Un metro setenta y cinco que impone al principio por su aspecto pero a la que enseguida le delatan los gestos de tener un corazón tan grande como su estatura. Tan buena cocinera como comedora. Hoy ha hecho una torta inmensa para celebrar 3 cumpleaños y daba gusto oír a las niñas darla las gracias mientras se la devoraban.



La experiencia con las niñas ha sido increíble, es imposible describirla con palabras. Según entras en la casa, se van asomando tímidas para conocerte, después empiezan a perder la vergüenza y a media mañana te das cuenta de que llevas a tres de ellas subidas a las piernas y a una cuarta en la espalda mientras las demás esperan que se bajen para subir ellas.

Cuando llegamos al hogar las estaban preparando para ir a misa. Sula las hace un peinado distinto a cada una de ellas (y son 21 niñas nada menos) y cada día cambia de peinado para que ninguna niña repita de un día para otro. Como somos la novedad del día (aunque a Iñigo ya le conocen de sobra) se pelean por ir de nuestra mano a la iglesia a tan solo 5 minutos del Hogar. Las que me toca llevar a mi no paran de mirarme durante todo el trayecto y no quieren soltarme la mano ni cuando se estrecha la acera y no podemos pasar todos juntos.

Al llegar a la iglesia, un recinto abierto, lleno de color y con las banderas de los países en los que están desplazados los familiares colgadas, ellas se sientan en un banco y nosotros detrás. Allí compruebo que cada niña lleva su propio peinado. Van tan limpias, bien peinadas y formales que parece mentira que estén viviendo en una casa de acogida separadas de sus padres biológicos. Como le gusta decir a Amparo, "son las más limpias, educadas y respetuosas del barrio". Algunas de ellas, además, ayudan en la liturgia a modo de monaguillos. La misa es muy amena porque el sacerdote canta la mitad del tiempo acompañado por un órgano electrónico (organeta que llaman aquí).

A la vuelta la hora del almuerzo, se sientan todas en su sitio y con una educación increíble esperan a ser servidas, y se comen el plato de sopa y el del "seco" sin rechistar, aunque hay alguna un poco mas lenta que otra, no dejan ni una miga en los platos.



(... continuará...)

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