lunes, agosto 30

El Hogar de las niñas (parte 2)

Después de comer, las niñas se sentaron ordenadamente en el suelo de la ludoteca para ver la tele. Se les repartió una piruleta (Bombom Bum como las llaman aqui) mientras veían una película. Una de ellas se encargaba de recoger los envoltorios. Otra de recoger los palillos cuando terminaron. Todo con un orden impecable, sin peleas, sin gritos.


A las 3 vino el profesor de baile. Una vez a la semana les dan clases de diferentes ritmos para mejorar su coordinación. Había que verlas bailar. Ya os enseñaré un video que tengo grabado. Una de ellas, Angie, se movía con un ritmo increíble y es una renacuaja que no levanta dos palmos del suelo, está claro que lo llevan en la sangre.

Después llegaron visitas, una pareja de italianos que se llevaban en adopción a una chica, Juana, que con tan solo 10 años les dio un discurso al resto de niñas que nos puso a todos los adultos el corazón en la garganta por lo emotivo. Os resumo:
- Os digo que no tengáis miedo cuando llegue el momento de la adopción. Porque los nuevos padres vienen a darnos una familia. Y también un corazón. El corazón que a todas nosotras nos han roto. Pero ellos, no lo van a volver a hacer.


Al final, un poco de desenfreno, no siempre las tienen tan contenidas. Son niñas al fin y al cabo, como dice Amparo, tienen que soltar toda su energía. Algunas acaban castigadas por pasarse de la cuenta. El castigo típico es tener que dejar la zona de juegos y quedarse en la habitación durante el tiempo que consideren necesario o comer en el pasillo en vez de en la mesa con todas, como le tocó a Yeica ayer (bueno, en realidad, le toca casi todos los días por lo que nos cuentan porque está hecha un bicho y es de las mas revoltosas). Nadie refunfuña cuando le toca. Saben que han hecho algo y no discuten. Amparo y Sula casi siempre negocian, no imponen, y han conseguido hacerlas comprender la importancia del respeto y de la obediencia.



Después de la cena, se celebran los tres cumpleaños, se soplan las velas de la torta mientras las demás les cantan el cumpleaños feliz y se les entregan regalos a las cumplidoras.

Llega el momento de ponerse el "piyama", cepillarse los dientes y de la reflexión. Amparo reúne a las mayores, se sientan en circulo en el suelo y las pregunta a ver que tal han pasado el día. La que quiere decir algo levanta la mano y habla. Ayer dieron las gracias por tener un dia tan feliz, por haber tenido la suerte de que fuéramos a visitarlas y compartiéramos nuestro tiempo con ellas (literalmente) y por haber celebrado el cumpleaños entre todas. Os aseguro que esas palabras, en boca de una niña de 6 años, cobran un valor que no os podéis imaginar.

Beso de despedida y desfile hacia la cama. La mas avispada se ponía dos veces a la cola para recibir ración doble, Kenia se puso 3 veces y porque la pilló la hermana Amparo.

Terminé el día cenando con Amparo y Sula, un tamal riquísimo, en la tranquilidad de una casa en la que hacia tan solo unos minutos había 21 fierecillas juguetonas. Cogí un taxi de vuelta al centro y después de charlar un rato con las hermanas y con Iñigo caí rendido en la cama.

Había sido un día muy intenso. Entré en el Hogar con las manos vacías y salí lleno de abrazos, de cariño, de besos, de muestras de ternura que resonarán durante mucho tiempo en el recuerdo.

Gracias niñas, Amparo, Sula, Claudia y Marisol por haberme acogido por una tarde en un hogar tan especial y selectivo.




Un día en el hogar de las niñas

El Hogar es otro de los proyectos de la ONG. Cuando entras, si llevas en la cabeza la idea que siempre nos han ofrecido las películas de los orfanatos, el choque no puede ser mas grande. Encaja mas con la idea de una residencia de señoritas, pero en vez de universitarias con pósters de cantantes famosos y futbolistas, aquí habitan niñas de 3 a 12 años con pósters de La Sirenita, Blancanieves o La Bella Durmiente de Disney. Todo impecablemente limpio y ordenado. Con un colorido que refleja alegría y luz. Los dormitorios, con sus dos o tres camitas, sus nombres en las puertas, sus armarios de ropita multicolor, parecen sacados de una revista de decoración.

Al frente de esta casa de acogida esta Amparo, la hermana Amparito como la llaman cariñosamente las propias niñas. Una vasca de Irún que vino hace 30 años a Colombia y ya no se fue. Reparte cariño y disciplina por igual, no escatima un beso o un abrazo pero tampoco un castigo cuando la niña se lo merece. Su cara, seria al principio, te hace pensar en una especie de señorita Rotenmeyer dedicada a impartir disciplina, pero en cuanto pasa cerca de uno de los 3 bebes enseguida le cambia
el gesto y la dulzura le puede. Cuando le habla a las niñas siempre emplea un tono serio pero afable, y a ella se las nota que la quieren y la respetan como a la madre que no tienen.

La acompaña y ayuda, Sula, otra hermana, de aquí, de Colombia. Un metro setenta y cinco que impone al principio por su aspecto pero a la que enseguida le delatan los gestos de tener un corazón tan grande como su estatura. Tan buena cocinera como comedora. Hoy ha hecho una torta inmensa para celebrar 3 cumpleaños y daba gusto oír a las niñas darla las gracias mientras se la devoraban.



La experiencia con las niñas ha sido increíble, es imposible describirla con palabras. Según entras en la casa, se van asomando tímidas para conocerte, después empiezan a perder la vergüenza y a media mañana te das cuenta de que llevas a tres de ellas subidas a las piernas y a una cuarta en la espalda mientras las demás esperan que se bajen para subir ellas.

Cuando llegamos al hogar las estaban preparando para ir a misa. Sula las hace un peinado distinto a cada una de ellas (y son 21 niñas nada menos) y cada día cambia de peinado para que ninguna niña repita de un día para otro. Como somos la novedad del día (aunque a Iñigo ya le conocen de sobra) se pelean por ir de nuestra mano a la iglesia a tan solo 5 minutos del Hogar. Las que me toca llevar a mi no paran de mirarme durante todo el trayecto y no quieren soltarme la mano ni cuando se estrecha la acera y no podemos pasar todos juntos.

Al llegar a la iglesia, un recinto abierto, lleno de color y con las banderas de los países en los que están desplazados los familiares colgadas, ellas se sientan en un banco y nosotros detrás. Allí compruebo que cada niña lleva su propio peinado. Van tan limpias, bien peinadas y formales que parece mentira que estén viviendo en una casa de acogida separadas de sus padres biológicos. Como le gusta decir a Amparo, "son las más limpias, educadas y respetuosas del barrio". Algunas de ellas, además, ayudan en la liturgia a modo de monaguillos. La misa es muy amena porque el sacerdote canta la mitad del tiempo acompañado por un órgano electrónico (organeta que llaman aquí).

A la vuelta la hora del almuerzo, se sientan todas en su sitio y con una educación increíble esperan a ser servidas, y se comen el plato de sopa y el del "seco" sin rechistar, aunque hay alguna un poco mas lenta que otra, no dejan ni una miga en los platos.



(... continuará...)