Una de las alumnas es mi otro "gran amor" en Las Brisas. Se llama Lina y es la pequeña de dos hermanas que vienen todos los días al comedor del centro. Morena, delgadita y una cara de picarona y de bicho que no puede con ella. Un terremoto hecho niña que siempre va corriendo a todas partes y que lleva prendida la más bonita de las sonrisas.

Ya os enseñaré un video en el que se la ve compitiendo por hacer la vuelta más rápida al circuito de los columpios como si fuera una pista americana saltando por encima de todos los obstáculos al estilo de la teniente O'neil en la peli.
Hoy me ha tocado acompañar a Adriana, la mas joven y risueña de las Hermanas, a hacer las compras al supermercado Exito, una especie de Carrefour pero en local. He aprovechado para dar una vuelta por las estanterías y pasillos. Muchas curiosidades comparado con los de España. Apenas hay envases de vidrio, casi todo viene en plástico, hasta la mayonesa, el ketchup, la mermelada, etc. He vuelto a ver bolsas de leche que hacia siglos que no veía en Bilbao. El jabón de fregar los cacharros en pastilla. El arroz por sacos de 5 kgrs. En la sección de frutería apenas he reconocido la piña y los plátanos, el resto frutas exóticas (para nosotros, claro, para ellos son las normales). La sección de chocolates casi desierta (por eso me pidieron que trajera desde Bilbao). Pero nos hemos reido un rato, con ella es impensable no hacerlo.

Antes del volver al centro hemos pasado por el Hogar de las niñas y las he vuelto a ver. Las mas mayores salían para el colegio, impecablemente vestidas y peinadas, cada una con su paragüitas de colores. Otras estaban terminando de comer y al verme se han alborotado un poco y me han bombardeado a preguntas: que cuando iba a volver, que cuando me iba a quedar a dormir, que tocara el techo saltando (el otro día las hizo gracia). Estaban para comérselas. Una de las bebes, Cata, que padece hidrocefalia y por la que los médicos no daban ni días (lleva ya en el hogar meses y cada día esta mas guapa y feliz) estaba llorando en la trona y al acercarme a ella me ha cogido un dedo con toda su manita, me ha sonreído y se ha calmado. Juraría que me ha reconocido.

Hemos dejado a las niñas y hemos vuelto al Centro a las 12:50, unos minutos antes del cierre del comedor. Según he entrado una de las niñas, Luisa, se ha levantado de la mesa, se me ha echado a los brazos y me ha dado un beso que me ha empañado los ojos. La hermana Fide, que es la encargada del comedor, no ha podido evitar una sonrisa de oreja a oreja. Durante nuestra comida me ha confesado que muchos niños y niñas le han preguntado por mi, extrañados de no verme allí repartiendo el zumo o dando de comer a los mas rezagados. Luisa es una de ellas, de las rezagadas. Llega tarde y come muy lento y a veces o Fide o yo tenemos que ayudarla dándole. Hoy no ha hecho falta, ha sido sentarme a su lado y ver como comía ella sola. Se ha despedido con otro sonoro beso y con una amplia sonrisa al decirle que mañana iba a volver a estar allí.
Es increíble comprobar como el mas mínimo gesto de cariño con un niño de estos supone tanto para ellos (bueno, y para mi, porque me lo devuelven multiplicado por mil).