viernes, septiembre 10

Volviendo a Bilbao

Por una vez en la vida, a la vuelta de mis vacaciones, Bilbao me recibe con un día soleado y cálido. Salimos de allí lloviendo a mares ("Pereira llora porque os vais" - nos decían las monjas) y al llegar a casa me doy cuenta de que todavía estamos en verano.

En Pereira me ha llovido todos los días menos uno. He venido más blanco de lo que me fui porque al sol lo he visto de lejos o como mucho por la ventana.

Después de casi 11 horas cruzando el Atlántico, el vuelo de Madrid a Bilbao me ha parecido un paseo. Creo que me he dormido justo después de que las azafatas nos señalaran las 4 salidas de emergencia (dos delante, otras dos detrás) y antes de explicarnos como se debía hinchar (nunca dentro del avión eh?) el chaleco salvavidas que se encuentra, como bien sabéis, debajo del asiento.

Aterrizo en Loiu y parece víctima de un bombardeo. Toda la zona externa de llegadas devastada por las obras. Acabo de venir de un país que casi está en el Tercer Mundo y me encuentro que al llegar al mío, que se supone más avanzado, algún sinvergüenza tuvo a bien aprobar un proyecto de aeropuerto que tan solo unos años después necesita una remodelación casi total en la parte de la ingeniería civil, la que afecta a los pasajeros. Pero ¿qué narices pensarían tan elevadas mentes? Hacer edificios para personas que las personas no pueden usar es una de las mayores tomaduras de pelo. Y luego se quejan de la T4 de Madrid (en la que cabe la mitad de Cuenca casi por la extensión). Aquí solo se trataba de hacer un edificio para que los pasajeros y los que iban a dejarlos o a recogerlos se sintieran cómodos. Y no recuerdo haberme sentido cómodo en ninguna de las dos situaciones. Seguro que con lo que cuestan las reformas habrían vivido holgadamente tres mil familias necesitadas durante diez o doce años.

Vuelve de un viaje de más de 15 horas de vuelos y esperas y que te obliguen a recorrer un laberinto de vallas, rampas y escaleras para poder salir y verás como te acuerdas de las muelas del arquitecto y del que le aprobó el proyecto.

Menos mal que una encantadora amiga me estaba esperando para llevarme a casa. Ver su sonrisa a través de las obras me hizo olvidar el cansancio y sentir su cálido abrazo de bienvenida alivió mi cabreo. No hay cosa mas triste que volver y que nadie te espere. Me siento afortunado porque varios de mis amigos y amigas se ofrecieron a hacerlo.

Gracias, de corazón, por haber estado allí. Y a todos los demás que me lo ofrecisteis. Así ya se puede volver a casa.


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